¿Para qué sirve un año bisiesto? Conoce las razones tras el 29 de febrero

Publicado el por ops5

¿Para qué sirve un año bisiesto? Conoce las razones tras el 29 de febrero.

Este 2016 tiene un día extra, ese 29 de febrero que hace que el año tenga 366 días y que ha provocado desde su creación como jornada de más, una serie de mitos y leyendas, varias que aconsejan desde pedir matrimonio ese día, hasta no hacer nada importante durante todo el año, porque «año bisiesto, año funesto». ¿Cuál es la idea, entonces, de venir a complicar la existencia de los fabricantes de calendarios y de los nacidos este día, quienes deben decidir si se celebran el 28 de febrero o el 1 de marzo? El año bisiesto ha permitido que no vivamos en desfase a ese curioso tiempo que parece tener vida propia en el espacio, y nos ayuda a que las estaciones comiencen en la fecha estimada -los solsticios y equinoccios-, aunque cueste decir esto último en tiempos del fenómeno climático de «El Niño Godzilla» y el calentamiento global. ¿Cómo lo hace? ¿A quién se le ocurrió semejante idea? ¿Por qué febrero?
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¿Qué hacemos con el cuarto de día que nos sobra? Para entender mejor la utilidad del 29 de febrero, hay que imaginar el espacio: Ese lugar en el que los restos de la valiente Laika aún pueden estar flotando. Allí, el tiempo no funciona tan exacto y preciso, año tras año y eso ya lo notaron los egipcios, quienes con mucha paciencia y observación de cómo las estaciones comenzaron a llegar en fechas desfasadas, estimaron que el año cumplía su ciclo en 365.25 días –es decir, quedaba un cuarto de día sobrante (6 horas)-. Como una forma de oficializar ecuménicamente semejante descubrimiento, Julio César (en la foto) le pidió al astrónomo Sosígenes de Alejandría preparar su proyecto «Calendario Juliano», en el siglo I a.C., el que incluía modificaciones tales como: Renombrar el mes «quintilis» como «julio» (iulius), en honor al emperador que financió la idea y que había nacido el día 13, y agregar un día de más cada cuatro años, siempre que la cifra de ese año fuera divisible por cuatro. De esta manera, se prevenía tener los desfases en las estaciones del año.

El calendario gregoriano, una operación matemática no menor Corría el siglo XVI y la gente ya estaba harta de que, según su calendario juliano, la primavera se hubiera adelantado hasta 10 días en su equinoccio -algo trascendental en una sociedad que vivía de las cosechas-. Resulta que los egipcios y Sosígenes de Alejandría no tenían la cifra exacta, que en vez de ser de 365.25 días el año, era de 365.2422 –lo que representan 11 minutos y 14 segundos menos, que a muy largo plazo, provoca el desfase antes descrito-. Alguien tenía que hacer algo al respecto y fue el Papa Gregorio XIII el que tomó cartas en el asunto. Se asesoró bien y le pidió a Christopher Clavius (astrónomo jesuita) que resolviera el tema, lo que significó una revolución en fechas y calendarios, el Calendario Gregoriano: se decidió que el jueves 4 de octubre de 1582 estaría seguido por el viernes 15 de octubre de 1582, eliminando los 10 días de desfase y estipulando que sería año bisiesto cada cuatro años, tal como indicaba la versión juliana, pero siempre que la cifra de ese año sea divisible por cuatro, exceptuando los múltiplos de 100 (1700, 1800 y 1900 no son bisiestos, por ejemplo), pero sí son bisiestos los que sean divisibles por 400, como el año 2000. (Se recomienda dejar el cálculo de años bisiestos a los expertos


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